lunes, 28 de junio de 2010

La esperanza maternal encoje en los armarios.

Cuando acaba una temporada doblamos y recogemos la ropa que ya no se va a utilizar. Guardamos las prendas que a nuestros hijos les quedan grandes, para la próxima estación les estarán bien. Desechamos lo que queda ya visiblemente pequeño, rabicortos los pantalones, alarmantes esas mangas que antes metian siempre en la sopa y ya no les llegan ni a la altura de las muñecas. También conservamos lo qué les queda justo, a sabiendas de que no les va a estar bien dentro de unos meses.
Sin que nosotras lo sepamos, la esperanza de que nuestros niños dejen de crecer es la que decide, ella incluye esas prendas junto al resto y cierra el armario. Esa esperanza no duda en echarle un pulso a la vida, se empeña en batallar ante una batalla a priori perdida, porque esa ilusión es la parte nuestra que aún no comprende el misterio de que nuestros hijos crezcan, de que se transformen y se nos escurran de entre las manos como si sus cuerpos estuvieran hechos de un tiempo líquido, ahora los acunas sin esfuerzo son bebes y en un instante incomprensible algo ha pasado, ya no puedes con ellos cuando te piden que los cojas en brazos.
Ellos crecen de la misma manera que nuestra esperanza encoje en los armarios al lado de la ropa que les queda justa y que ya no se volverán a poner, aunque nosotras la hubieramos guardado.

10 comentarios:

Blimunda dijo...

Por lo general he observado que las personas que organizan las cuestiones de la ropa en casa son mujeres. Esto no quita, por supuesto, que haya hombres encargados de esto en sus hogares. Imagino que habrán sentido algo así alguna vez aunque mi entrada tenga un titulo femenino. No quisiera herir sensibilidades. Salud!

Tournesol dijo...

Lo que ocurre es que un día te asomas a la habitación y te asombra ver como llenan la cama, o cómo esa voz de pito es mas grave, o que ya no son tan ingenuos como antes; ahora cada vez son más rebeldes, cosa que nos exaspera y desespera, empiezan a definir su personalidad, que claro, choca con la nuestra. Entonces si que te das cuenta de que esto ya no hay quien lo pare, por eso no te queda otra que volcar tus anelos en otro tipo de esperanza. Nosotros, al menos, esperamos que en un futuro nuestros hijos sean buenas personas.

Zaleas para tí y besos para tus niños.

Blimunda dijo...

Tournesol, el día que comience a hablar de la adolescencia tendré que estrenar una etiqueta nueva,no estaría mal "De lo incomprensible". A lo mejor por eso abrí este blog, para cambiar el signo de esa esperanza.
Te envio de vuelta un ramo de mi bouganvilla, que está preciosa.

Corso dijo...

Hoy lo notas en la ropa, en prendas que compraste ayer y que mañana probablemente se conviertan en piezas de museo, ahí te metías tu de pequeñín, podrás decirle a quien hoy lo viste. Poco tiempo después -no será poco, pero la percepción engaña- será una ligera sombra de barba y bigote, unos pechos que empiezan a resaltar bajo una ropa aún de niña. Y algo más adelante una independecia absoluta, o casi. Te verás reflejada en los ojos de tus hijos como veo en ocasiones a mi madre, con el brillo que en un segundo recoge la memoria de mis veintiseis años. Entonces serás seguramente más consciente que nunca, te dirás a tí misma, hay que ver cómo pasa el tiempo.

Yo no tengo a día de hoy descendencia, y son muchos los condicionamientos de tipo social que me hacen preguntarme si lo haré alguna vez. En cualquier caso, reconozco -ya digo que no desde la experiencia- que como tal debe ser la vivencia que más consciente haga al ser humano de su propia evolución. De los tres estados posibles en la rueda de la vida.

Blimunda dijo...

Corso, lo has descrito muy bien. No sé, pero mis palabras suelen sugeriros cosas de las que no he hablado pero que están ahí, de alguna manera.
(No he olvidado tu relato compañero)
Un abrazo.

Nadia dijo...

Blimunda tu entrada tiene un toque de nostalgia, y ante eso te digo que más triste que ver crecer a un hijo es ver envejecer a un padre.
Un saludo.

Blimunda dijo...

Nadia: le has dado la vuelta a mi argumentación mirando desde la otra cara del relato. Te felicito.
Así da gusto que le hagan comentarios a una. Un beso guapa.

Nadia dijo...

Las felicitaciones yo no las merezco,las mereces todas tu por este don de narrar.

Alejandro dijo...

Me encanta ese gesto que hacéis las madres cuando estiráis la manga de una camisa infantil para comprobar su largo... y la cara que se os queda cuando véis que éste vuelve a ser insuficiente.

Blimunda dijo...

Alejandro, ese gesto es como si salieramos de pronto de un trance, las madres somos así de vulnerables ante algunos hechizos, sobre todo si las substancias mágicas nos las proporcionan nuestros hijos.
Salud y un abrazo.

 
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Escrito en el agua by Marisa T. Gracia is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License