viernes, 27 de agosto de 2010

Mileva Maric: el destello de la Teoría de la Relatividad.

Mileva Maric conoció a Albert Einstein en la Escuela politécnica de Zurich dónde estudió matemáticas y física (algo excepcional en la época). Unidos muy pronto por su pasión científica y su amor a la música congenian y comienzan a trabajar juntos.
Con sus primeras separaciones se inicia una correspondencia que, veinte años después de la muerte de Einstein, desatará la polémica. Las cartas evidencian de modo explicito la colaboración investigadora entre ambos. Son diversas las fuentes (Peter Michelmore, Desanka Trbuhoric, Evan Harris...) que aseguran como Mileva ayudaba a Enstein a resolver cuestiones matemáticas. Él poseía una gran imaginación física que, sin embargo, no sabía demostrar matemáticamente. Ella sí.

Manejando un compendio bibliográfico de más de cuarenta y cinco autores Esther Rubio Herráez en su excelente estudio "Mileva Einstein-Maric ¿Por qué en la sombra?" analiza el fulgor de la serbia, la influencia y relación con el científico alemán así como todo el barrunto en el que se pierde la autoría de la Maric después de haber trabajado durante años en la Teoria de la Relatividad. Porqué, según el testimonio del físico ucraniano Abram F.Joffe, el manuscrito original presentado a la revista especializada "Annalen der Phisik" iba firmado por Einstein-Marity ( variante serbia de Maric). Cuando La Teoría de la Relatividad se publica en esta misma revista ya aparece firmada sólo por Albert Einstein. Aquí se pierde el rastro de la estrella Maric, aunque no por ello ha dejado de iluminar a la humanidad.
Presuntamente Albert Einstein (como ya hiciera en otras ocasiones) omitió la autoría de su esposa en el citado manuscrito de la revolucionaria teoría.
Alguien (quizás el mismo Nobel) olvidó que las estrellas,y Mileva Maric lo era,brillan aún más en la absoluta obscuridad.

viernes, 20 de agosto de 2010

En estos pozos

Para Almudena que entenderá que ésta dedicatoria sea para ella.


(...)Y estás más en lo hondo que en el cielo
en estos pozos más que en las estrellas(...)
Jesús Cotta lobato.


Dicen que estás
en lo qué escribo
y si he de ser sincera
te diré que algo intuyo,
que algo percibo.

Pero no sé si eres Tú
o un reflejo
de la semilla
que otros han puesto.
Sólo sé que de pronto
aquí me tienes
buscándote.

Si puedes, mírame,
no tengo nada en las manos
y en el corazón
sólo tengo palabras.

No sé si me querrás
contigo
el día que se enfríe
mi alma
y la tierra se la trague
como se tragará mis ojos,
mis dudas,
como se tragará estas ansías de vida
ingobernables
sin que ya mi sangre
las propague.

Y en estos pozos
de mis espirales
(tan oscuros con el día)
sigo buscándote,
pero sólo hallo
(y por esto habrás de perdonarme)
una casa vacía.

Una casa en la que Tú antes
vivías
y en la que tu ausencia
ahora
es del espíritu una terrible herida
que quizas para encontrarte
Tú me envías.

martes, 17 de agosto de 2010

La mesa de la cocina

La mesa de la cocina es la madre de la casa. No se queja, nos acoge, no se esconde, nos espera y nos ofrece su piel toda de madera.
Como un planeta gustoso de ser poblado es su superficie lisa, ancha para el mantel recién planchado, para la taza que se le pone al amigo, el pastel, la copa de vino.
Las ceras plastidecor recorren sus caminos, los alfileres del costurero, el libro abierto, los retales y los patrones, los cuerpecitos multiformes que deja la goma de borrar después de corregir los cuadernos.
Y cuando está limpia la corona de una planta en su centro o un hermoso frutero, melocotones, granadas, manzanas...o unos limones olorosos que le recuerdan que ella también soñó con un cielo y agarrándose a la tierra fue elaborando su materia.
La mesa de la cocina es lo qué queda de aquel árbol florecido en primavera y generosa se extiende para que ahora crezcamos sobre su piel de madera.

viernes, 13 de agosto de 2010

Me gusta

Me gusta escribir en la casa vacía, bailar, meterme en la cama con las sábanas limpias, andar descalza mientras riego las plantas, blogear, tu barba y tu pelo largo de Adán.
Me gusta el mar, sentarme en la orilla y sentir su latido de animal inabarcable, entrar en una librería sin prisa, el ramaje monumental de la morera, leer a Antonio Múñoz Molina, la siesta compartida después del juego, mirar a mis hijos cuando se entretienen juntos sin problemas, abrir por primera vez un libro y descubrir la dedicatoria, el beso que por las mañanas para no despertarme me das en el hombro como si no quisieras irte sin bendecirme el día.
Me gusta la poesía, estar sóla, madrugar y dar un paseo, Sándor Márai que me cuenta cosas mías, ir a coger madroños con los niños y comérnoslos por el camino, la música, el sabor infantil de la higuera, el erotismo enroscado en los cuerpos de Gustav Klimt, el té verde con hierba buena, que te acerques a mí y me abraces por la espalda mientras hago la comida.
Me gusta mi gata que viene a mí sin que la llame, Miguel Hernández, los árboles, meter las manos en la tierra del jardín y en los sacos de legumbres del mercado, los pájaros pero nunca en jaula, cuando antes de dormir mis hijos me abrazan muy fuerte y no quieren soltarme, subrayar los libros, que vengan a casa nuestros amigos, Kavafis, tu risa, nadar desnuda mientras tú me miras sentado en el bordillo, eso es lo qué más me gusta.

lunes, 9 de agosto de 2010

Tuve a Dios arropado

Como a Cernuda algo me avisa de nuestra propia naturaleza el pajarillo muerto, la planta marchita.
Sin comprender tantas cosas, pero con el palpito de nuestra inmanencia, rechacé un día la trascendencia y descubrí lo desdichada que eso me haría.
Para mi desgracia no soy creyente.
Yo envidio a los que viven en la palabra de Dios y hacen de ella un bálsamo espiritual con el que ungir las heridas que abiertas nos va dejando la vida. Envidio a los que encuentran paz y consuelo dónde yo sólo hallo espinas. Envidio a los que cierran los ojos y les ruegan al Señor y con ese gesto invocan su presencia. Envidio ese misterio de que pueda diluirse el pánico y el vértigo a la nada en una existencia eterna y placentera porqué yo conocí esa emoción, esa especie de bondad multiplicada, tuve a Dios arropado bajo las sábanas de la niña que rezaba.
Envidio a los que creen porque ,en la antesala del sueño cuando discierno con espanto el sonido inaudible del tiempo que ya ha pasado en mi propio reloj de arena, ellos seguro que se duermen apacigüados por un Dios que les cuenta cosas buenas.
Y no hablo de la intolerancia del fanático, hablo de poderse recoger hacia dentro en una trascendencia confortante de la divinidad justa y buena que me enseñaron cuando era pequeña. La misma que disipa la náusea ante la muerte, la angustia vital de imaginarse pudriéndose como se pudre el pajarillo o las plantas que se marchitan, sin más.

viernes, 6 de agosto de 2010

Con tu soledad encina

Con tu soledad encina
voy a hacerme
una piel nueva
para continuar creciendo
si un día
amanezco muerta.

Un alma
he de invocar
que tenga tu paciencia
curtida con tanta hambre
siendo tanta la sed
y, aún así,
verla cubierta de flores nuevas.

Levantaré una casa de silencio
de paz y de espera
para guarecerme del ruido
como si lloviera
y lloviera.

Te miro encina
y mi corazón quisiera
aprender un día
a cumplir su destino
bajo la tierra.

domingo, 1 de agosto de 2010

Cuánto te gustó

Cuando te regalé éste cuadro se te saltaron las lágrimas. Nunca antes con un regalo te había visto tan emocionada. El parecido es como se suele decir: dos gotas de agua. Verte reconocida en algo que yo había dibujado, sin que tú me lo pidieras, sencillamente te llegó al alma.
Fue el penúltimo regalo que te hice, el resto ya lo sabes...

Aunque tú fuiste muchísimo más guapa que yo, quiero llevarte en mi perfil como imagen que me represente. Sin saberlo educaste a la Blimunda que yo no sabía todavía que llevaba. Tú me enseñaste a observar, a fijarme en los detalles, a escuchar lo qué se dice pero también la importancia de lo qué se calla. Me enseñaste a ver plasmada la psicología de una persona en su forma de vestir, de peinarse o de estar sentada, en la elección del mobiliario de su casa, en el modo de caminar o de emplear algunas palabras. Me decías ¿Te has fijado? Y con esa pregunta me afilabas la mirada sembrando la semilla de la que ,un día, tendría que mirar por si misma con la prevención escurridiza de que sus ojos no la engañaran.
Cuánto te gustó éste regalo... Fue el día de tu penúltimo cumpleaños. Fíjate el último regalo no lo recuerdo. Sólo sé que sentí un dolor parecido al tuyo y que dejé de dibujar.
 
Licencia de Creative Commons
Escrito en el agua by Marisa T. Gracia is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License