lunes, 27 de septiembre de 2010

La multiplicidad de las manos

Hay manos que bordan sin hilo caricias penetrantes, que te agarran en el último momento, torpes desabrochando botones, encallecidas, estilizadas por el estudio, manos de panadero en la masa de unos senos fermentados por el deseo.
Hay manos de pianista enseñando dibujo lineal en pizarras de tiza, que en el aire dibujan espirales poseídas por el baile, manchadas de sangre, desnudas de anillos, manos que piden limosna, que aplauden o estrujan con desesperación un pañuelo.
Hay manos a las que la vida las pone sobre los párpados fijos del ser que más han amado, que ayudan a nacer, que aprietan el gatillo, suaves, hábiles hasta lo incomprensible, aferradas como raíces al sustrato del miedo.
Hay manos que cogen un pincel y con un gesto esbozan una idea o un sentimiento, manos sutiles de cirujano, que siembran, que salvan, manos que amortajan, manos infanticidas.
Hay manos dotadas de dedos transportadores, que sudan, que flojas te dan el pésame, benditas, que traspasan la frontera y te tocan aunque se queden quietas.
Hay manos arrasadas por la cartografía de los años, que(invisibles)colocan la ropa en los armarios, chiquititas, desbaratadas por la artrosis, que mientras conducen dejan caer su complicidad y se alojan en el muslo izquierdo del acompañante.
Hay manos con las que vuelas muy alto por debajo de las sábanas, que tachan sin piedad, que vigilan la fiebre o acunan bebés inconsolables, hay manos(en nuestras vidas)sagradas, manos que tallan corazones en la corteza de un árbol con nuestras iniciales.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Como nidos para los pájaros

No me dejes sóla cuando mi boca reseca sea un objeto incomprensible para los besos, cuando mis pasos se queden sin movimiento y mis manos sin caricias y el papel sin la caligrafía de mi sentimiento.
Aunque sólo sea visítame con el pensamiento alguna vez, cuando las cuencas de mis ojos sean como nidos para los pájaros de la tierra.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Carta sin dirección ni palabras.

Te escribo desde mi casa, aún no la has visto pero creo que te gustaría. Tiene un patio, dónde pueden correr los niños, con geráneos,con petunias. Las plantas me dan trabajo, tú ya lo sabes, aunque también me dan la vida cuando salgo con una taza de té y veo sus brotecillos, los progresos de las enredaderas y el aire embriagado por el azahar. Sí, hay un limonero, como tú querías.
Si vinieras sé que irías por los arriates quitando las hojas secas y empezaríamos a hablar de las flores y terminaríamos llegando a los recovecos de tus heridas, de tus ilusiones y de tus proyectos siempre en marcha. Mira qué te digo niña...y me preguntarías cualquier cosa para entre las dos sacar conclusiones, esclarecer tus dudas y compartir un trozo de vida.
Muchas veces te veo cuando me lavo la cara y me miro en el espejo. Desconcertada allí te encuentro. Es un fogonazo, como si tuvieras la capacidad de deslizarte en el azogue sólo para mirarme y en un segundo desaparecieras dejándome siempre la impresión de que has estado muy cerca.
Quiero que sepas que Andrés ha cumplido el encargo que le hiciste. No olvido cuando me miraste como si me estuvieras abrazando y le dijiste "Cuídamela". No te preocupes por eso,que lo hace cada día y se esmera.
Hace ya demasiado que no eres tú la que me abre la puerta de tu casa, demasiado que no suena el teléfono. No me acostumbro. Con el tiempo este echarte de menos se va convirtiendo en una especie de rosal al que le crecieran nuevas y más afiladas espinas. Y en mitad del dolor surge imparable la rosa de tu recuerdo. Imaginar que amar a mis hijos es inocularles la semilla de este padecimiento me angustia. Comprendo que lo qué se ama y se tiene un día puede perderse y como resultado de ese miedo reacciono abrazándolos con más fuerza.
Algo ocurrió cuando te fuiste, hoy hace ocho años. Todo se desplomó entre nosotros, nos quedamos como si le quitan su agua al mar y ahora entrar en la que fue tu casa es como transitar por ese fondo marino desauciado de tus manos, como si te hubieras llevado el color de las cosas.
Ya sabes que cuando te visito dejo las flores y salgo corriendo. Me duele no ser capaz de aguantar allí ni siquiera unos minutos, no sé si me comprendes, por eso te lo cuento.

Y dime, después de escribir esta carta ¿Qué puedo hacer con ella, a qué dirección puedo enviarla?

domingo, 12 de septiembre de 2010

La paciencia de un hombre

La paciencia de un hombre es un collar elaborado con flores blancas, una nueva le crece cada mañana y las lleva prendidas en la cintura como pájaros prestos por alzar el vuelo dentro de otro cuerpo.
La paciencia de un hombre está hecha con el arco del deseo, siempre tenso. Y en esa vibración contenida le bulle una energía desbocada en el centro de su pecho. Es algo parecido a llevar estrellas por dentro y quemarse con su destello si no resplandecen en las caricias con el tacto milimétrico que conocen los dedos, si no encuentran el cauce arremolinado al que conduce un beso detrás de otro beso, si no se expresan con el gemido, si no llegan a los limites insospechados del vértigo.
Es la paciencia del hombre que ama y sabe esperar, como el árbol, su momento.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Gracias por la sed

Gracias por la sed, Señora, gracias por los árboles, gracias por el aire, por la luz y el color, por el agua torrencial de mi sangre.
Gracias por las palabras, gracias por los paisajes, por el amigo y la flor, por las ganas de hacer cosas al despertarme.
Gracias por el mar, gracias por la caricia de los detalles, por las estrellas y el libro, por haberme hecho mujer, por haberme hecho madre.
Gracias por la sed, Señora, gracias por los árboles, por el poder multiplicado de las manos, por la música y la lluvia, porque él todavía me busca para besarme.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Darle la mano a un niño

Darle la mano a un niño es como agarrar un pajarillo que está a punto de alzar el vuelo. En el hueco entre las dos palmas se rebulle el avecilla del tiempo buscando la rendija por la que escapar y volar por el resquicio entreabierto de la pubertad que acecha.
Darle la mano a un niño es un lujo, un privilegio diluido en nuestra inconsciencia diaria. Y cuando han crecido, y un buen día rechazan nuestro ofrecimiento, es como si diéramos un traspiés, como si tropezáramos con nuestro propio hilo vital y entendiéramos, de pronto, que algo insustituible se nos ha escapado.
 
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Escrito en el agua by Marisa T. Gracia is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License