jueves, 27 de enero de 2011

Treinta segundos

Se detuvieron a la altura del semáforo. La muchacha del audi aprovechó para buscar algo en el interior de su bolso. Mientras se pintaba los labios, ayudándose del espejo retrovisor, notó una sensación incisiva que provenía de su lado izquierdo. Solo se fijó en su corbata roja. En unos segundos el hombre de la corbata roja ya le había inventado un nombre y una vida, una cita a la que llegaba tarde y para quién se acababa de pintar los labios. El semáforo cambió a verde.

4 comentarios:

Juanma dijo...

Qué ganas tenía de volver para darte un beso y para leer estas cositas tan maravillosas que escribes. El relato de hoy, querida mía, es dulce y sugerente...lo he leído aprovechando un semáforo en ámbar.

Pues eso: muchos besos.

Eastriver dijo...

Claro, el mundo entero cabe en cinco minutos... la vida es eterna en cinco minutos, que dijo Víctor Jara. El tiempo de un semáforo permite esos excesos, y otros.

Blimunda dijo...

Yo también tenía ganas de verte en la blogosfera, Juanma. Pero este micro no me parece dulce...será que tú se la proyectas, la dulcura.

Un beso.

¿En ámbar?

Blimunda dijo...

Eastriver, eso mismo me ocurre a mí en los semáforos porque miro a los ocupantes de los coches vecinos y se me va la imaginación de vuelo.
Aunque excesos, todavía no.

Un saludo.

 
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Escrito en el agua by Marisa T. Gracia is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License