viernes, 25 de febrero de 2011

El ángel verde

Hoy, otra vez, la luz del sol como un líquido templado. Qué sed tiene mi piel, qué sed tienen mis manos. He salido a tomar el café de escribir al porche y me he sentido llamada por las cosas. Las paredes descascarilladas que requieren ser pintadas, los macetones que ya piden más tierra y otro orden: los rosales a pleno sol, las crasas sobre la mesa de mármol. Pondré cojines floreados en las sillas, hay que volver a pintar todo lo que se ha oxidado.
Aunque el calendario se empeñe en desmentirlo algo diferente trae ahora el aire. Me lo ha dicho Madame Meilland con sus brotecillos multiplicados. Pronto el ventanal del salón se verá enmarcado por la vocería de sus hojas. Es el ángel verde que me guarda de algunos de mis espantos, el que yo intuyo en los bulbos acurrucado, el que me estaba esperando en las yemas del trepador para contarme que algo nuevo ha despertado.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Cada flor llevará tu nombre

Te veo sudando, excavando la tierra y cargando remolques de escombros en nuestro patio. No tienes más remedio que hacerlo durante el tiempo libre de los fines de semana. Es como si hubiese enterrado un sueño mio y tú lo estuvieses desenterrando. No sé cómo compensarte. Sólo sé que no se llamará bignonia la bignonia, ni dimorfoteca la mata salvaje de floración violeta. Plantaré lobelias, petunias, gazanias... Plantaré una celinda pero, para mí, todas dejarán así de llamarse: cada flor llevará tu nombre.

domingo, 20 de febrero de 2011

Jesús, luego no me podía dormir.

Cuando regresamos a casa ya era muy tarde. Después de que los niños se fueran a la cama nos quedamos charlando en la cocina. Estábamos felices. Luego yo no podía conciliar el sueño. Era como si me bulleran pájaros, campanas, flores, olas, cascabeles, lucecitas, trinos... por dentro y todo revuelto. Era que todavía sentía la energía de tu presencia, del entusiasmo infantil con el que miras, la atención y el afecto con los que nos habías atendido. Se trataba de la resonancia de tu voz y las risas, de cómo traes y llevas las ideas por el aire con las manos, los anillos y el cuero de tus pulseras. Era algo que no dejaba de brillar, por eso no me dormía y recordaba. Recordaba como en el sosiego del tono con el que habla Raquel se adivina un nido y gusta escucharla, te llega su calma. Recordaba los muchos rosarios de Patricio y los libros que nos dedicaste. Yo, qué tonta, pensaba en mi insomnio, no leí las dedicatorias delante de ti por pudor, creo, el mismo que me reconvenía más tarde.
Y en realidad, Jesús, yo no bordé nada porque "El Señor de las más íntimas estrellas" lo llevas tú grabado en cada gesto, en cada palabra, en cada mirada.

martes, 15 de febrero de 2011

El salto del hombre plegado

Estábamos los dos solos. Tú haciendo los ejercicios de cono. Yo cosía. Nos gusta mucho estar así, cada uno con lo suyo pero cerca mientras el ventanal del salón ilumina tu cuaderno y a mí me permite leer o dar las puntadas con más tino. En un silencio apetecido tú estudias y yo disfruto viéndote hacer, tan pequeño y ya dispones los boligrafos y la goma en orden al lado derecho, al izquierdo los libros, sin que nadie te lo diga.
Desde que eras un bebé me ha dado muchas veces la sensación de que parece que llevaras dentro (plegado) un gran hombre, muy alto, maduro, un inventor, ingeniero y dibujante, el mismo que ahora, a su pesar, solo tiene nueve años.
Entonces me lo dijiste. Dejaste de escribir en tu cuaderno cuadriculado y me miraste. Mamá, dice José que el ratoncito Pérez no existe, que sois los padres. Nunca contigo me he sentido más desarmada. Hace meses que presentía ese momento y sabía que la verdad no podía retrasarse más. Vi en tu carita una expresión similar a la horfandad. Arrugaste la nariz y casi lloras. Pero cuando entendiste que de todos modos seguirías consiguiendo monedas, cuando por fin esclareciste tus dudas respecto a cuánto se parecía la letra del ratoncito Pérez a la de tu madre, cuando entendiste la razón de por qué yo insistía en que colocaras el diente, no en el centro de la almohada sino, a un lado... noté una punzada y es que acababas de dar un salto hacia ese gran hombre(plegado) que hay dentro de ti, hacia el inventor, el ingeniero y el dibujante, hacia el hombre alto y maduro, el mismo que ahora, a su pesar, solo tiene nueve años.

viernes, 11 de febrero de 2011

Si no puedo escribir

Si no puedo escribir
me moriré.
Si he de vivir sin pasar hambre,
si he de vivir sin pasar sed.

Si no puedo volar
me moriré.
Si he de habitar mi casa
como lejos del mar
aullaría la gaviota
en una jaula de cristal.

Si al mirarte
no me veo.

lunes, 7 de febrero de 2011

El sol de Febrero y sus lanzas.

Trae el sol de Febrero un abrigo nuevo. Trae más minutos. Trae esa claridad prolongada por la que da gusto sentirse alcanzado como si la luz fuera un agua templada y tu piel, muerta de sed, toda playa.
Te dejas mojar por ésta luz como se dejan mojar las plantas. Sabes que cada tarde, cuando cierras los ojos y agradeces ese tenue y tibio calor, el sol de febrero trae una promesa en esa templanza clara. Y te lo promete con el mismo lenguaje que utilizaría una lámpara.
Te quedas pensando y ya lo has comprendido: la que se está gestando envía sus lanzas.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El camino de un anillo

Estoy hecha de madejas enmarañadas y con las letras calmo, al menos un poco, ese ruido. Pocas veces logro poner orden entre tanto bullicio. Una casa, un desván, un archivo, un costurero que se desbarata a cada segundo es difícil de clasificar pero, en algunas ocasiones, lo consigo.
Abrir los ojos cada mañana es como comenzar a dibujar una línea que gira y he de encargarme de que el resto del día termine dibujando un circulo. Las palabras pasan por esa figura que simboliza algo completo, cerrado, en equilibrio. Pasan mis hijos, pasa ese rato que busco con él a solas.
Me hace bien seguir ese movimiento. Trazar esa ruta me ayuda a vivir. Es simple como el camino de un anillo. Y por eso escribo: para desenredar mis madejas de hilo.
 
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Escrito en el agua by Marisa T. Gracia is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License