jueves, 23 de junio de 2011

Querida maestra

Para Pepi Civico
que ha puesto tanta luz en sus ojos.

Hay recuerdos que conforman parte de nuestro patrimonio emocional más puro. Otros, sin embargo, parecen estar hechos de espesas y angustiosas substancias que, si estuviera en nuestras manos, desecharíamos sin demora.
Cuando mis hijos crezcan, cuando sean hombres, cuando sean padres la vida ya les habrá alcanzado para labrarles ambas partes de la memoria. Habrán aprendido que hay personas que jamás se olvidan. Al evocar a alguien así es como si una paloma echara a volar blanca de alegría en nuestro fuero interno, como caricias que vuelven a nosotros a través del tiempo.
Cuando un día mis hijos crezcan, cuando sean hombres, cuando sean padres recordarán a Pepi porque ella ha sabido convertirse en esa paloma capaz de volar dentro de otras memorias, porque ella es la querida maestra que llevarán siempre en sus corazones.

martes, 21 de junio de 2011

En el temblor de la noche

A las cinco de la mañana ,cuando la falta de luz es absoluta, un rumor como de arroyuelo, que en lugar de agua llevara sonidos, bulle en el ambiente. Los grillos extenuados tras el amor nocturno y que ya languidecen, bandadas de pajarillos comienzan a rebullirse con trinos desiguales, incompletos todavía, las hojas de los árboles no duermen y bailan la sinfonía sutil de la brisa, algún maullido lejano, ronroneos amortiguados, un aleteo se desdibuja entre las sombras profundas. Es la congregación de las voces reunidas en una oscuridad que vibra. Las mismas estrellas parecen sumarse al susurro conjunto de ese misterio. En ese momento escuchar es como acercarse con sigilo y poner la mano sobre algo que palpita en el temblor de la noche dormida y viva.

miércoles, 15 de junio de 2011

Ese cáliz.

No quiero que seas tú el que me cruce las manos sobre el pecho, pero si la vida te reserva ese cáliz, apúralo sin miedo y recuerda solo que, aunque ya heladas, un día estuvieron ardiendo, que en tus brazos fui una mujer de barro confundida con tu mismo cuerpo durante todos los años que supiste mantener en mi estómago un hormiguero. Apura ese cáliz y no olvides que tuvimos un tiempo y que el tiempo fue nuestro. Y luego, que tu dolor negro torne en alas y como la golondrina vuele por otros cielos.

domingo, 12 de junio de 2011

La papelería de Pepito

Aunque ya haya desaparecido, me basta un solo gesto para evocar aquel lugar y rescatarlo de los limos de la memoria, para sentirme dentro, otra vez, de la papelería de Pepito. Empujo la puerta acristalada, pesa muy poco como si en lugar de madera estuviera hecha de hojas secas. Sus goznes cansinos avisan de mi presencia. Bajo los escalones y me sumerjo en el ambiente saturado por el aroma apetecido que despliegan los cuadernos nuevos. El gusto por ese olor lo he asociado siempre a escribir en la primera página de cualquiera de ellos, cuando tenía (y sigo teniendo) la sensación de aproximarme a su misterio con mi propia caligrafía.
Detrás del mostrador desgastado por el uso pulula Pepito, encorvado, escrutando el mundo acercándoselo todo hasta la nariz, junto a sus lentes gruesas que le agigantan los ojos como si los llevara dentro de dos peceras. Viste camisa gris, asolapada y sin forma. Paladea eses al hablar y, aún, sin decir ninguna palabra. Me resulta distante y antipático porque cuando le pido una goma abre alguno de aquellos espléndidos cajones y lo cierra demasiado rápido para lo que quisiera mi hedonismo infantil. Yo lo que en realidad quiero es saltar el mostrador, curiosear entre las estanterías atiborradas de libretas, acariciar el lomo ofrecido de los libros, probar todos los sacapuntas hasta dar con uno que saque punta realmente bien, oler muy despacio el compartimento de los borradores... Pero cuando ya he abierto una caja de lápices Alpino de treinta y seis tonalidades, una de esas cajas que no tengo y que tanto deseo, cuando ya me dispongo a observar a placer la gradación del color, los ojos nadadores de Pepito me descubren y me siguen mirando a través de los años, agigantados ,esta vez, por el enfoque nítido de la memoria.

miércoles, 8 de junio de 2011

Roja y con pepitas negras

Yo quiero la sandía roja y con pepitas negras, esférica como una luna de endrina, colmada de sangre dulce, de sangre fresca.
Que no me certifiquen la calidad de su carne. Ella no es el producto de una maquina, ella viene del reino de la tierra y guarda su misterio apretado y palpitante.
Prefiero equivocarme antes de que me quiten la oportunidad de sondear ese enigma con la palma de la mano, cuando un golpe seco en su cara externa resuena, vibra del interior hacia afuera y solo atendiendo a esa sonoridad de lo repleto decide uno con que ejemplar se queda.
Luego, el filo del cuchillo la resquebraja, ella se precipita hacia la apertura, se troncha y cruje contundente la sandía en toda su plenitud de animal vegetal.

jueves, 2 de junio de 2011

Del interior no me saques

Del interior no me saques
porque es ahí dónde me quemo
y con la llama respiro
como necesita de su aire el fuego.
 
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Escrito en el agua by Marisa T. Gracia is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License